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sábado, 29 de diciembre de 2012

En casa.

Es a veces detestable tener que compartir mi habitación, más aún cuando es uno de los lugares más frescos en pleno verano, en la casa de mi abuela. He deseado terminar de leer un librito el cual empecé a violar desde hace dos días, y con fortuna he logrado terminarlo, con música de alto calibre sonando desde el celular de la hermana menor de mi padre, claro, he tenido que huir despavorida a la azotea rogándole a mi padre me preste su sillón, una almohaba y su ventilador, porque la muy pocosolidaria no entendía las señales de enojo que le enviaba. Qué incomodidad, en serio, la hubiese matado de no haber sido porque tengo que mantener un equilibrio emocional horroroso.

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Ayer me pase toda la tarde limpiando el cuarto-almacén de mi padre, he encontrado, tesoros, realmente tesoros: un cuadro que hizo mi hermano a base de lana, cintas antiguas de mi madre con su firma incluida, un florero hermoso (el cual he lavado y puesto en la cocina), animalitos de jebe los cuales coleccionaba cuando era pequeña, una cafetera que llevaré mañana a ver si tiene arreglo y una caja llena de discos antiguos que en medianoche escucharé para seleccionarlos.

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La capacidad de memoria de mi celular donde se almacenan los mensajes, ha estallado. He tenido que releerlos todos y empezar a asesinar algunos.